Soplo de aire fresco y retozón, capaz de avivar conciencias, de aliviarnos de “cosas calientes” y “altas presiones” es Viento Jíbaro. VJ recoge la herencia cimarrona y la mística aborigen, dispersas en kilobytes de memoria olvidados por la gente y ocultados por los poderosos…VJ gusta de la información, de la palabra que no es de nadie y es de todos, pues su fluir sin trabas es vital en la hora actual de Cuba y el mundo… pues sólo los interesados en dividir pueblos y perpetuar sus dominaciones temen al verbo libre y no pensamos dejarles corromper, con su monopolio, la voz plural y amorosa de los pueblos.

jueves, 6 de enero de 2011

Buscándote Cuba

De la serie Cuba. Michael Eastman

Por: Sandra Proenza

Cuando pienso en soluciones posibles para Cuba la perspectiva de los “derechos” de los cubanos me resulta útil para abordar el tema. Como suele suceder, este posee muchas aristas y ya se ha venido debatiendo en diversos sitios, así que sólo comentaré de manera general: el “derecho a la información”, el “derecho a participar en las decisiones” y el “derecho a la calidad de vida”.

El primero significa el derecho a acceder a la información sin obstáculos ni intermediarios. En Cuba por lo general las noticias llegan a la gente sumamente simplificadas. El que bebe sólo de la prensa y la TV nacionales, más algún que otro culebrón o programa de Miami, posee una idea del mundo sumamente limitada y hasta distorsionada. Al no manejar toda la información puede que no sepamos, por ejemplo, cuáles son los peligros reales para Cuba y si existen o no soluciones a nuestros problemas.


Es así que se hace necesario el acceso a internet, una manera muy funcional y hasta socorrida de informarse. Es además una herramienta excelente para el auto-cultivo pues permite el acceso a diversas fuentes no sólo de información, también de conocimiento, así como a muchísima bibliografía que se encuentra gratis en la red (o por el precio del propio internet que, en nuestro caso, debe estar acorde al salario promedio de los cubanos). Esto sin mencionar las ventajas que ofrece en cuanto a las comunicaciones en general (correos, chats con o sin video-llamadas, etc.). 

Algunos de los pretextos que se esgrimen cuando aflora el tema de internet son: que la red está plagada de pornografía, que hay mucha “información engañosa” que daña la imagen de nuestro país y que no está disponible la tecnología necesaria. Esto resulta en que no puede permitirse el acceso o debe ser debidamente censurada la información. Creo que los cubanos somos lo suficientemente listos y, según el caso, adultos como para que cada quien sepa qué uso darle al internet. De encontrar “información engañosa”, podremos tener la rica experiencia de investigar en la red, verificar fuentes distintas y así ampliar nuestras miras. Y en cuanto a las limitaciones tecnológicas, hemos visto que aún cuando no hay una estructura tecnológica ideal para ello ni el servicio está legalmente disponible, la gente ha buscado la manera de conectarse y navegar. Cuando se ha reducido aún más la posibilidad de conexión en las cuentas comunes (apenas abren los correos, los messengers no funcionan y sólo se puede usar intranet), ello no ha respondido a un problema técnico sino a una restricción deliberada; se ha usado la excusa de lo técnico para un asunto que no es de esa naturaleza.

El “derecho a la información” incluye el derecho a divulgarla responsablemente y el “derecho a la opinión”, lo que significa que cada cubano (y cada ser humano) debe examinar su realidad, encontrar sus fallos y exponer sus ideas y soluciones con madurez, tributando a la verdad y a la construcción de un mundo más justo. Un ciudadano bien informado y habituado a pensar por sí mismo, estará bastante preparado entonces para tomar decisiones. Sin embargo, para que tenga sentido hablar del “derecho a participar en las decisiones” que tienen que ver con nuestro país, hay que cambiar la relación Pueblo-Estado.

Si el Estado diseña el plan a seguir y luego se lo muestra al Pueblo para que este dé su opinión, las posibilidades de participación de este son evidentemente muy reducidas. Para que exista una verdadera participación ciudadana es el Pueblo quien debe volcar sus ideas y encontrar la manera de confeccionar un plan que luego puede ser discutido con el Estado, quien tendrá no toda pero sí buena parte de responsabilidad en llevarlo adelante. Para un cambio real, entonces, hay que empezar por invertir la relación Pueblo-Estado, el Pueblo no puede subordinarse al Estado sino al revés. Es importante no perder las bases de un posible “poder popular” y desarrollarlo en serio, para que sea el Pueblo quien protagonice –no con simulacros sino con pleno protagonismo- el proceso de cambio que ya está sucediendo.

Hay muchos temas que aún no tienen respuesta y seguirán así si no es el Pueblo, el principal afectado, quien los saca a la luz y les da solución: la reducción de la burocracia y la disfuncionalidad de la vida interna nacional; la “participación plena” de los trabajadores en sus centros laborales; la apertura a las iniciativas autónomas (ateniéndose a la soberanía y beneficio nacionales); la eliminación de las restricciones y los altos costos de los trámites para salir y entrar a Cuba; la apertura de la inversión de nacionales (incluida la diáspora cubana), entre otros muchos. Además, el Pueblo debe tener conocimiento, opinión y participación sobre cómo se administran los recursos del país, el medio ambiente y sobre las relaciones internacionales. Por ejemplo, con quiénes nos asociamos y de qué manera es un tema que nos incumbe a todos. Es demasiado recurrente y tragicómico que lleguemos a la reunión cuando todos los tratados han sido firmados y lo que quede sea encontrar en la TV y en la propaganda monolítica únicamente loas a aquellos países o proyectos en cuyas manos estamos poniendo una vez más nuestro destino.

Por otra parte, el “derecho a participar en las decisiones” no debe ser una camisa de fuerza. Mucha gente, por distintas razones, prefiere mantenerse al margen. Este derecho es simplemente el canal para quienes están rebosantes de ideas y deseosos de trabajar por su país, más otros tantos que se abrirían al proceso por el puro placer de pasar de la indiferencia al reto de crear juntos un sitio donde podamos simplemente “vivir bien”, sin estar atados a ningún poder ni ser predadores de otros. 

Ahora bien, el “derecho a la calidad de vida” se relaciona estrechamente con los derechos antes mencionados. Si permanecemos encerrados en una burbuja de escasa información o ignorancia y tampoco ejercemos plenamente, si es nuestro gusto, nuestro papel como ciudadanos, participando en las decisiones en lo social, económico y político, inevitablemente se verá reducido el espectro de nuestras decisiones personales y nuestra “calidad de vida” entendida de una manera total.

Durante mucho tiempo se ha fomentado en la sociedad cubana la idea de que el buen revolucionario “se come la harina seca y no hace comentarios”, de donde se entiende que un cubano digno acepta su pobreza y se mantiene fiel a los ideales del Estado. Es tiempo de desterrar tales ideas y plantearnos la posibilidad de que la gente común, sin ser “maceta” ni “dirigente”, pueda llevar una vida próspera. Primero, la gente debe darse cuenta que sí merece una “calidad de vida” y que esto no tiene que estar asociado a un “afán consumista” o capitalista, ni que significa necesariamente tener un auto, una casa con piscina o un yate.

En cuanto a este tema hay dos conceptos fundamentales: el “nivel de vida” y la “calidad de vida”. Sucede que ambos conviven con una idea de “progreso” que ha sumido a la mayoría de las sociedades modernas en una carrera interminable por elevar los “niveles de vida” en detrimento de la “calidad de vida”. El resultado del “progreso” ha sido sociedades encadenadas a los intereses de los grandes poderes, la multiplicación de enfermedades modernas mentales y físicas, la contaminación de las ciudades y otros fenómenos asociados al afán de sostener un desequilibrado modo de vida y comodidades, en muchos casos innecesarias, a costa de los recursos de su propia tierra y de muchos países del resto del mundo.

Dichos conceptos, por tanto, deben ser revisados según una perspectiva completamente distinta. Cada persona puede encontrar su propio modo de “vivir bien” sin necesidad de seguir las metas que el “progreso” impone y, como sociedad, se puede lograr un equilibrio entre  el “bienestar común” y la sostenibilidad. La gente debe estar enterada de cuánto le cuesta al planeta las ventajas de la vida moderna, pero no por ello debe llevar una vida de escasez y miserias. Tanto daño hace perseguir únicamente bienes materiales que en nada ayudan a realmente “llevar una buena vida” como hundirse en la pobreza y creer que no hay más remedio.

Entonces, podemos proponernos elevar el nivel y la calidad de vida de la sociedad cubana según: calidad en la alimentación, el aseguramiento de servicios básicos con elementales condiciones de ahorro y precios moderados (agua y electricidad), mantener la gratuidad y trabajar por la calidad de la Salud y la Educación, trabajar por la calidad de las viviendas, la salubridad de los barrios o centros citadinos, trabajar por la salud y equilibrio mentales y más que se puede ir adicionando. Como es lógico, sólo puede considerarse que ha habido un aumento del “bienestar común” si todos los sectores de la población elevan su “calidad de vida” de manera uniforme y se hallan en igualdad de derechos y semejanza de condiciones.

A esto le sumo la calidad en las relaciones humanas. Las relaciones humanas se ven mejoradas si la gente se esfuerza en ello pero además tienen mucha relación con los proyectos que emprende la sociedad y los valores que cultiva. Se impone la pregunta ¿qué vamos a priorizar en Cuba? ¿La competencia en vez de la cooperación, el “sálvese quien pueda” por encima de la solidaridad y el bien común, el materialismo predatorio en vez de la espiritualidad?

En Cuba se logró, por mucho tiempo, cierta unión del Pueblo en gran medida por la amenaza real que ha representado EEUU. Pero pronto el peligro de una agresión yanqui se convirtió en una reducción del papel de la gente en la sociedad. Es cierto que la gente participaba en el proceso revolucionario, pero como fuerza de carga no como seres pensantes. Era el momento de cortar caña y producir, no de escribir libros reveladores ni de cultivar según los ciclos de la tierra. El cubano se acostumbró a la disciplina, a dar lo mejor de sí, pero ¿de dónde venían las iniciativas en la cultura o la política? No de la gente común, el Pueblo debe confiar en quienes dirigen.

Y es cierto que hay que crear un escudo protector pero no contra un imperialismo sino contra todos los imperialismos. Debemos proteger las conquistas sociales que tanto le han costado al Pueblo cubano, pero no con prohibiciones ni con miedo a que la gente se desarrolle. Sólo siendo más plenos y aprovechando nuestros talentos podremos salir adelante. No nos pidamos esforzarnos más en la misma dirección de siempre, esforcémonos en abrir nuevas y autónomas direcciones. Reduzcamos la exportación excesiva de nuestros recursos humanos, de nuestra gente, crezcamos hacia dentro. Es cada cubano quien debe ser consciente de su papel, hacer uso de sus derechos, defender la libertad de ejercerlos y encontrar un equilibrio entre el desarrollo personal y aquellos ideales altruistas y redentores que hemos ido dejando de lado pero que una vez también lograron cierta unión en el Pueblo en pos de un sueño colectivo.

Debemos sentirnos dueños y a la vez responsables de Cuba, debemos hacer que todo sea tocado por la vara mágica de la renovación para vivir bien aquí y ahora.

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